martes, 12 de junio de 2012
Microficciones
Cuento de Hadas
El dragón se dejó matar por el príncipe. No soportaba ni un minuto más la conversación de la princesa.
Anuncios de Ocasión
Deidad con popularidad a la baja, busca pueblo devoto que lo adore. Sacrificios incluidos.
(www.cromatide.tumblr.com)
jueves, 23 de junio de 2011
lunes, 21 de marzo de 2011
Perplejidad
lunes, 14 de marzo de 2011
DESOLACIÓN
martes, 14 de diciembre de 2010
Ajuste de cuentas
jueves, 1 de julio de 2010
Verano, verano

Siénteolo, vívelo y déjate inundar por el placer que provoca.
viernes, 11 de junio de 2010
Todos somos culpables
Había una vez un cuentista que decidió ir a cobrar sus cuentos después de largos meses de espera. Desgranó todo su talento y más, aquella noche famosa en la que se juntaron muchos de su mismo oficio. Noche blanca y fría, pues corría el mes de Noviembre y los administradores de la ciudad decidieron animar las calles y el comercio con variados espectáculos, resultando todo un éxito ya que la gente acudió en masa e inundó la ciudad . Por supuesto que la prensa se hizo eco y contó lo sucedido: ¡un éxito sin precedentes! Todos quedaron contentos, los administradores, los comerciantes y la gente que disfrutó de los diferentes espectáculos.
Fueron pasando los días y el cuentista se frotaba las manos mientras pensaba, este mes cobraré y podré hacer frente a la Seguridad Social con más tranquilidad porque también podré pagar el alquiler del piso sin problemas. ¡Ay!, mis pensamientos parecen el cuento de la lechera, se decía para sí mismo. Y un buen día decidió acudir a la administración a reclamar en persona que le abonaran la deuda. Pero señor... ¿Es es usted consciente de los problemas que nos acucian?, tiene que tener paciencia, al fin y al cabo todos somos culpables de la situación por la que está atravesando el país, le recriminó el funcionario que le atendió. El cuentista abandonó el lugar y en su cabeza daban vueltas algunas preguntas sin respuesta: ¿Seré culpable de haberme afiliado a la Seguridad Social y no trabajar en negro?, ¿Seré culpable de que me descuenten el 15% en cada factura?, ¿Seré culpable de ganar lo justo para ir tirando?, ¿Seré culpable de no ser médico, catedrático, controlador aéreo, banquero, accionista de una petrolera? ¿Seré culpable?
N.R
domingo, 9 de mayo de 2010
Aburrimiento transitorio
Justamente cuando le habían hecho el encargo de su vida, cayó enferma de
“Aburrimiento transitorio”, los dedos eran incapaces de coordinarse con su cerebro ante las teclas del ordenador. Miraba y remiraba el intermitente cursor esperando la inspiración. Cruzaba las manos delante de su boca invocando el santo advenimiento, pero ni eso le daba resultado. ¿Y tú quieres ser escritora? Se reprochaba, ¡pues la llevas clara! Por momentos parecía que un atisbo de ánimo removía… Removía ¿Qué?, pensaba, pero si no estaba sino removiendo ideas confusas e inconexas, que no llevaban a ningún puerto. Con esta actitud era mejor que deshiciera lo poco que había escrito y esperase a curarse del “Aburrimiento transitorio”. Cuando ya estaba decidida a borrar las pocas líneas lo pensó mejor y decidió no hacerlo. Total si eliminaba lo escrito no habría constancia de que un día sufrió de dicho mal y no podría alegrarse de que no era sino eso “Aburrimiento transitorio.
M.J.
jueves, 22 de abril de 2010
Alguien

Alguien esperaba que con la llegada de la primavera se cumpliesen todos sus deseos, como ocurría en algunos cuentos con final feliz.
-Esperaba volver a sentir lo mismo que cuando tenía veinte años y se enamoró locamente.
-Esperaba encontrar algo que le revolviera las entrañas de inquietud y el corazón de esperanza.
-Esperaba sentir las mismas ganas de siempre de luchar por lo que consideraba justo.
-Esperaba tener la seguridad de ser una persona que, ante las adversidad , no dejara de ser ella misma, porque sabía que solamente ante la adversidad , ante la espada y la pared, es cuando las personas se conocen a sí mismas y pueden aflorar los monstruos escondidos en las profundidades.
Y la primavera llegó con un poco de lluvia y un poco de sol, con el perfume de las primeras flores,
con los jóvenes radiantes de hormonas inquietas, con el olor a mar y los paseos por la orilla, con los esfuerzos de muchos para terminar el curso y poder empezar algo nuevo, con pieles preparándose para broncearse, para gustar y gustarse, con el nacimiento de Carlitos, con la existencia de Cotufa, un precioso gato, con, con, con.
Alguien seguía esperando.
miércoles, 14 de abril de 2010
Deseo II

Sí queridos, después de tantas mentiras contadas.... logró hacerle soñar con serpientes... de aquellas de cierto mar.... como decía una canción de hace mil años.... Porque ella era capaz de contar tan bien las mentiras, que logró convertirlas en realidad en la mente del ausente. Él decidió dormir lo menos posible para evitar soñar.... y se refugió en los libros.... huyendo de una posible locura.... porque necesitaba dormir, siempre le había encantado dormir a pierna suelta, y ahora era imposible debido a los malditos sueños con serpientes, esos sueños en los que el miedo a la vida era insuperable.
martes, 13 de abril de 2010
Deseo

Se alegró cuando le oyó decir que esa tarde iría a visitarla, pero inmediatamente supo que no era cierto o, al menos, que no lo haría porque lo deseaba, sino por esa maldita manía de quedar bien..... o por sonsacarle.... otra maldita manía Así que en su mente se fue instalando la idea de envenenarle.... con mentiras, sí.... es el peor veneno que existe.
lunes, 29 de marzo de 2010
Tristeza

jueves, 11 de marzo de 2010
Tertulia

Ella había preparado un mejunje de ranúnculo. Consiguiendo, después de mucho esfuerzo, disimular el sabor áspero y picante del jugo de la planta. Así que puso tres gotitas en el termo del café y decidió servir una taza de buen café humeante, como de costumbre, a cada participante de la tertulia. Esperaba que con eso fuera suficiente esta vez... ¡Se iban a enterar!
miércoles, 24 de febrero de 2010
¡Comando, comando!
De lunes a domingo, siempre a la misma hora, las seis de la mañana, abre la puerta de rollo produciendo un sonido estridente que despierta a los pocos humanos, animales y alimañas que viven en la misma manzana donde trabaja desde hace muchísimos años.
Abre la puerta del local y, al entrar, tropieza con las bolsas y cajas que dejó por el medio la noche anterior. Sube el volumen de la radio y la coloca cerca del cartel pegado en la pared, representando su esperanza de que cambien las cosas.
Destapa la jaula del loro que se ha cagado encima de las cajas repletas de pescado salado, porque siempre olvida limpiarla o, simplemente, no le importa. Eso sí, le pone agua y semillas de girasol además de alguna hoja de lechuga, porque él ama a los animales. El loro alborota: ¡comando, comando!, la música de la radio alborota y, a las seis y media , llega el panadero con dos bolsas grandes de pan, una de ellas con un estupendo pan redondo; y también alborota, porque los saludos entre ambos son a voz en grito. Las bolsas quedan en el suelo, a un lado del local, cerca del congelador con chuletas argentinas y helados kalise. Así que las señoras madrugadoras tienen que agacharse a recoger el pan de las bolsas, ocasión que él aprovecha siempre para piropearlas y casi, si alguna se deja, toquetearlas, con esa obscenidad oculta en el disimulo de rozarse como quién no quiere la cosa.
Su gran negocio lo hace, sobre todo, los fines de semana con la venta de pan a los domingueros, porque no sólo se llevan cuatro o cinco panes, sino algunas latas de conservas, botellas de refrescos, cervezas, algún paquete de café caracol, sal y carbón para preparar las chuletadas. También puede caer, si hay suerte, un par de botines de caballero, colocados en una cuerda atada de una pared a otra del local, a menera de expositor, de tal forma, que si no andas con cuidado, te puedes dar un buen “zapatazo” en la cabeza. Botines de trabajo, lonas para señoras, incluso chanclas de goma con hebilla, para meterse en playas rocosas y no hacerse daño en los pies. Todo un sin fin de artículos mezclados, sin ningún orden, salvo las cajas de verduras expuestas en un lugar exclusivo, aunque de vez en cuando aparezca una cebolla en la caja de las manzanas.
En los momentos en que no hay clientela, suele sacar la silla plegable y sentarse en la acera aprovechando los rayos del sol. Algunos parroquianos que pasan en sus vehículos le gritan: ¡adiós comando!. Otros le insultan, porque la última vez que compraron algo les cobró de más; incluso alguno que otro, ha intentado pegarle, después de una fuerte discusión, por haber engañado a su mujer en el precio de la compra. Y es que su gran problema ha sido siempre cobrar de más, unas veces, y de menos, otras. Irremediablemente, este aspecto, forma parte de su idiosincrasia y le ha acarreado muchos problemas.
Treinta o cuarenta largos años con la misma rutina, cada día, sin descanso, sin aburrirse, salvo en los meses que estuvo en Chicago, vendiendo en la calle, sobre todo, a los hispanos: calcetines, estampitas de la Virgen de Candelaria, escapularios y otras menudencias.
Pero regresó un buen día y continuó levantándose cada mañana, abandonando su casa muy temprano y con la radio pegada a la oreja, su chaqueta de lana a cuadros, sus pantalones oscuros, y sus gafas de gruesos cristales, encaminándose a su lugar de trabajo, de ocio, de vida....
Dicen las malas lenguas que cuando desapareció dejó una buena cantidad de dinero a una organización de “mala pinta”, de esas que se dedican a matar. Pero eso es cosa de las malas lenguas. Lo que sí quedó flotando en las mentes de los que le conocieron fue una de sus frases preferidas: “Aquí Comando: todo barato, barato”.
viernes, 29 de enero de 2010
Unas palabritas
Estimados amigos, bajo el título “A la vuelta de la esquina” queremos conseguir reunir pequeños textos en los que se cuente algo. No somos escritores, por supuesto, pero nos encanta jugar a contar historias. Así que les animo a seguir enviándonos sus relatos para poder participar todos del juego de la magia de las palabras. Unas veces mejor contados, otras no tanto o muy mal contados. Para analizarlos, descuartizarlos, criticarlos.... y, por qué no, reconstruirlos, nos reuniremos periódicamente. La información sobre el día y la hora se les enviará por e-mail.
miércoles, 27 de enero de 2010
El madroño
El ventilador en la ventana, en el exterior cuarenta grados. Las montañas con una ligera calima y yo con una coca-cola en mi mesa, mientras trato de dar forma a algo que todavía no se que será.
Hace dos noches tuve un sueño horrible, el madroño del jardín se había secado, y de él no quedaban sino cuatro troncos marchitos en el suelo. El presagio de una tragedia se cernía sobre mí -. ¿Cómo podía estar sucediéndome eso? Si dos días antes lo había estado limpiando de hojas secas y la cáscara suelta del tronco pedía que la arrancara.
Me había sentido tan satisfecha cuidándolo y mirando lo que había prosperado en estos últimos doce años. Y ahora ¿Por qué tenía que secarse? -No te preocupes me decía, ya plantarás otro, es sólo un árbol-. ¡No¡ no es sólo un árbol , gritaba mi inconsciente desesperado. ¡Es mi árbol! ¡es mi madroño! Yo lo planté. Es una especie protegida. Tuve que pedir un permiso para hacerme con él
Ha sobrevivido a embates muy gordos. Vientos y agua lo han vapuleado y yo he estado allí para ayudarlo. Resistió una tormenta tropical, mientras que a otro árbol, mucho más fuerte en apariencia, lo arrancaba de cuajo la condenada tormenta. Empapada en sudor me desperté y aliviada descubrí que solamente había sido una maldita pesadilla.
Me levanté al día siguiente y descalza corrí al jardín. El madroño seguía allí. Lo observé detenidamente. Las profundas cicatrices que tenía en su todavía pequeño pero grueso tronco me dieron lástima. Pero para el sitio en el que había sido plantado había resistido bastante bien y sus ramas lucían armoniosas.
Después de la pesadilla, donde mi árbol moría, las cosas empezaron a cambiar sutilmente.
Las cosas cotidianas que tanto me habían abrumado últimamente empezaron a tomar otro cariz. ¿Quizás se cerraba un ciclo y se habría otro? ¿Sería que la muerte de mi árbol fuera otro tipo de muerte? ¿Quién lo puede saber? Ni lo sé ni me importa. La vida está llena de percepciones extrañas, y siempre he querido saber el porqué de todo, pero me temo, que es un error hacerse tantas preguntas que no tienen respuesta. Seguramente la interpretación de las cosas es según la óptica de quien mire y las sensaciones es según en el momento en el que las vivas.
Yo cuando planté mi madroño lo hice con una clara intención, si, pero...
Mientras el ventilador en la ventana. En el exterior cuarenta grados. Las montañas con una ligera calima, y yo con una coca-cola en la mesa...
M.J.
martes, 26 de enero de 2010
Aromas
Subía por la escalera del hall cuando le llegó el aroma del último Nina Ricci, convirtiéndose en una pesadilla para él. Entró en la oficina olisqueando a su alrededor como un sabueso, para sorpresa de sus compañeros, si es que a las ocho en punto de la mañana alguien se podía sorprender; pero era tan abrumador el desconcierto de no saber de dónde diablos provenía el olor que entraba por sus fosas nasales e invadía todo su ser, hasta provocarle una especie de náusea, que causaba sorpresa en quienes le veían y oían.
Preguntó si alguien llevaba perfume, un perfume fuerte y apestoso consiguiendo que dos pares de ojos se le quedaran mirando desconcertados y dos pares de bocas contestaran, casi al unísono, negando tal circunstancia. Entonces se dedicó a oler las carpetas de su mesa de trabajo, el teléfono, el teclado del ordenador.... Llegado ese momento estallaron risas en la oficina. Él seguía desesperado y decía para sus adentros, ¿pero es que esos idiotas no lo huelen?
Fue la chica, una funcionaria con la que compartía oficina, la que también empezó a notar el olor justo en el momento en que se le acercó. Pero a ella, que no era precisamente de las que se frotaban el cuerpo, a la hora de ducharse, con jabón lagarto por miedo a que el resto de productos fueran pura química y acabaran produciéndole un cáncer de piel, aquel olor le agradó y una sensación de bienestar muy sutil se instaló, primero en su nariz y después en todo su cuerpo. Así que permitió que él se acercara más y más: ella dejándose oler por el placer que le producía el aroma que emanaba de él, y él, oliéndola de arriba a abajo, en su locura por descubrir el origen del mismo. ¡Qué estampa!, pensaba otro compañero, cuya mesa de trabajo quedaba situada algo más alejada.
En ese preciso instante, apareció en el umbral de la puerta de la oficina la compañera de piso y lecho del apesadumbrado hombre buscador de olores. Su respiración era jadeante tras haber subido las escaleras a toda prisa, y con una tenue sonrisa y una voz culpable gritó desde la puerta: cariño olvidé decirte que te equivocaste de suéter al salir de casa; llevas el que utilicé para probar los efectos del último Nina Ricci.
jueves, 21 de enero de 2010
"Venus bailó ante el sol y sedujo a la tierra"
Como cada mañana Iugam se levantó, se lavó la cara, se vistió y salió a trabajar. Iugam trabajaba en los arrozales todo el día, todos los días. Saludó a sus compañeros, cogió su pala y se dirigió al sitio que más le gustaba: desde donde se veía amanecer cada mañana. El sol salía despacito -como una bola grande de fuego- desde detrás del mundo, era sólo un instante lo que duraba ¡pero era tan maravilloso! ... Cada día era distinto al anterior, los colores con los que se teñía el cielo adquirían distintas tonalidades y ya Iugam sabía si ese día iba a ser azul o gris, si iba a hacer frío o calor y él notaba que su estado de ánimo tenía mucho que ver con ese momento.
Tragó saliva, respiró hondo, ¡que nadie lo distrajera, por favor! Y empezó la ceremonia: hoy venía inmenso, amarillo y como con pinceladas color fuego en los bordes y en el medio. Hoy se ha puesto un vestido de fiesta –pensó. Se elevó lentamente como cada día, en una redondez perfecta, parecía que se veían siluetas de paisajes dentro, que llevaba un paraíso en su interior. El chico aguantó la respiración hasta que estuvo todo fuera, luego le dio las gracias con su alma como cada día y ya se disponía a coger su pala cuando de repente percibió que algo se movía: asomaba otro círculo pequeño, de un naranja más oscuro que se movía alrededor de ese inmenso sol. En los años que llevaba en el arrozal, no había visto nunca el sol acompañado, siempre salía solo, a veces después se escondía y no se le veía apenas en toda la jornada, otras veces se hacía muy pequeño, pero con otro ser ¡jamás! Esa mañana estuvo espléndido: grande, firme, bello y ese otro ser se paseó bailando por el contorno de su cintura.
(Otoño 2004)
martes, 19 de enero de 2010
Sorpresa

Se sentía incómoda con su presencia y no sabía por qué. Sin embargo, el lugar donde se hallaba era muy agradable, con grandes ventanales desde donde podía observar los árboles inundados de copos de nieve, los carámbanos colgando de los antiguos techos de los edificios, casi seguro del siglo XIX, con sus fachadas restauradas y adornadas para diciembre, la pequeña plazoleta con la fuente de agua congelada y las calles empedradas que la circundaban. Desde el interior de aquel lugar era un placer para la vista observar el exterior, un privilegio. Estuvo largo rato contemplando ese paisaje a través de las cristaleras del bar y logró olvidarse de la incomodidad que le producía la presencia de un sujeto sentado tres mesas más allá de donde ella se encontraba tomando un café largo y amargo.
De pronto se trasladó a otro momento de su vida. La guagua ronroneaba, igual que un gato cariñoso se prepara para enroscarse al lado del fuego, en esa hora de la tarde en la que conducir cualquier artilugio de pasajeros es doblemente pesada. De vez en cuando, al conductor se le cerraban los párpados y los abría de un golpe estirando al mismo tiempo su cuerpo, para luego sucumbir nuevamente al sopor y la pesadez del momento.
Sus compañeras de viaje en ese trayecto, desde el pueblo hasta la ciudad más cercana, ni se habían dado cuenta del sopor que envolvía al conductor. La mayoría eran chicas muy jóvenes, llenas de vitalidad y, según se mire, de la malcriadez propia de la adolescencia: gritos, risas exacerbadas, el ulular mismo de la candidez. Ella le podía ver perfectamente a través del gran espejo retrovisor , le observaba a él y su letargo de las tres de la tarde. Era uno de los conductores más antiguos de la empresa. Hombre de campo que, por un golpe de suerte, logró pertenecer a la plantilla de conductores de Transportes La Estupenda, pasando de sobrevivir a seguir sobreviviendo un poquito mejor.
El viejo artilugio disminuyó el ronroneo y se detuvo en la parada cercana a la pista del aeropuerto. Fue entonces cuando ella dejó de preocuparse por el sopor del conductor y las posibles consecuencias. De repente se le ocurrió la idea. Abrió el bolso y sacó un papel que apoyó en la carpeta y ésta sobre las rodillas. Empezó a notar cómo se le entrecortaba la respiración sólo con pensar que lo estaba haciendo.
Había entrado en la guagua dos paradas antes de llegar al final del trayecto. Alto, erguido, con la mirada limpia de un verde uva y dirigida hacia el frente. Todo él bajo un uniforme blanco, perteneciente a la Armada, a la escala más baja de la Armada. -Marinerito en traje de paseo, - pensó ella en cuanto le vio subir y sentarse justo en el único sitio libre que quedaba, delante del suyo. Así que lo sintió como una punzada, como un rayo que desde la mente dirigía sus manos que abrieron el bolso, sacaron un papel y lo apoyaron en la carpeta y ésta sobre las rodillas y escribieron: “Estoy buscando barco” al lado de un garabato. Siguieron hurgando en el bolso y encontraron la cinta adhesiva. Mientras las manos trabajaban, su corazón palpitaba cada vez más fuerte. Estaban llegando al final del trayecto en la avenida de los Sauces. La guagua desaceleraba, la gente se incorporaba de los asientos y, todavía en marcha, dirigían sus pasos hacia la puerta. Él esperó a que parase, se levantó rápidamente y bajó los tres escalones que le dejaron en la calle. Tenía prisa, puesto que no se dirigió hasta el paso de peatones para llegar al otro lado de la calzada, en un momento del día en que el tráfico era bastante denso. Cruzó presto la avenida, esquivando algunos coches, mientras ella, caminando lentamente, contemplaba con nocivo deleite su espalda erguida, la cabeza alta y un papel pegado en aquella chaqueta blanca del uniforme balanceándose a cada paso que daba.
Un grupo de tres jóvenes charlatanes la sacaron del ensimismamiento, al sentarse en una mesa cercana. Terminó el café e hizo un gesto al camarero para pedir otro. Mientras esperaba, volvió a rondar por su cabeza aquel suceso de la adolescencia, el autobús, el marinero, sus manos... ¡Había pasado tanto tiempo!
Saboreando el café largo y amargo pero, esta vez, muy caliente y todavía con la sonrisa en los labios por el recuerdo, vio como tres mesas más allá el sujeto hacía señas al camarero, dejaba sobre el mantel un billete y una especie de sobre. Se levantó, habló un momento con el joven que le extendía el ticket de la cuenta, y tras echar un vistazo al lugar, salió sin mirar atrás. El camarero recogió la mesa, se dirigió a la barra y volvió hasta el lugar donde se encontraba ella. Sobre una bandeja pequeña había un sobre blanco, las manos del muchacho la depositaron en la mesa y muy amablemente comunicó que el señor almirante le enviaba una nota. Sorprendida miró, durante unos instantes, la bandeja con un sobre pequeño y blanco. Al levantar la vista, el camarero ya se había retirado. Con la incógnita en los ojos se dispuso a abrir el sobre del que extrajo un papel escrito a mano que decía: ¡Encontré el barco!

